• Los espíritus de Rapanui

    Durante siglos, el pueblo de Rapanui cultivó estrechas relaciones entre el mundo profano y el mundo de lo sagrado.  El Mana, poder divino impersonal, se manifiesta por medio de hombres y objetos en cuales latía, confiriéndoles significado y valor.  Este sentido mítico sustentó el desarrollo de una tradición artística única vinculada a la experiencia de lo religioso.

  • El encuentro entre dos mundos

    El hombre europeo trae a América sus prejuicios frente a otras culturas, su encuentro con el nuevo mundo está cargado de sorpresa, asombro, rechazo y también cercanía.  Las Órdenes Religiosas son protagonistas y mediadoras de esta impresionante confluencia de dos patrimonios culturales.

  • Los emblemas de la Fe

    Las imágenes en América, especialmente la de Cristo, la Virgen y los Santos, se utilizaron como arma de lucha contra los reformistas europeos y como instrumento de evangelización, su poder comunicador único permitió ilustrar, en forma emotiva y convincente, los misterios de la fe.

  • Galería de los Reyes

    Este programa iconográfico, inspirado en el Antiguo Testamento, quiere ilustrar la misión providencial del pueblo elegido por Dios.  La secuencia de los Reyes de los pueblos de Judá e Israel, anuncian la profecía e Jeremías de la llegada de un rey justo, victorioso y pacífico: Jesús.  Esta serie se ha relacionado tradicionalmente con un conjunto similar del pintor quiteño Nicolás Javier de Goribar.

  • El mestizaje artístico

    Desde la llegada de los españoles se gesta una conjunción cultural de dos patrimonios complejos: el nativo y el europeo.  Se produce un intercambio de valores que se manifiesta  en la creación de nuevas expresiones de arte con esencia y formalidad mestizas cristalizadas en la pintura, imaginería y arquitectura.

  • El niño Dios en la devoción familiar

    La celebración del nacimiento del Niño Dios convocaba a toda la comunidad colonial.  Con entusiasmo y sorpresa, con villancicos y flores, con ofrendas y productos del campo, el pueblo se reunía en torno al pesebre para recordar la navidad.  El Niño Jesús ocupaba el lugar central de los festejos que se desarrollaban en las iglesias, calles, plazas y en el seno de los hogares devotos.  Estas tallas del Niño Dios, producidas en los talleres artesanales de Quito del siglo XVIII, son también la expresión alegre de la fe.